Subir al San Javier, en 12’4″1/5

Esta es parte de una nota de la revista Automundo de 1966, en la que la idea fue hacer por esos días la ya famosa trepada al cerro San Javier.

El texto contaba lo siguiente…

“El piloto elegido fue José Guettas, que conoce cada uno de sus vericuetos y ha recibido además la medalla de montañista.

Guettas tiene, entre sus trofeos el título de ‘el hombre más rápido’ entre el pie y la cumbre del cerro San Javier, a él acudimos con nuestro requerimiento.

Algunas explicaciones hicieron el prólogo a la experiencia. La sugerencia partió de nuestro lado y las respuestas se originaron en la amabilidad de Andrés Reginato y de quien sería nuestro piloto.

Por supuesto que el elemento peligro es imposible de eliminar, sobre todo en una prueba de estas características. Pero el riesgo es menor que lo que la imaginación de la gente. Gran parte de las curvas están protegidas por la misma falda del cerro. En otras, es la frondosa vegetación, la que oficia de valla natural.

Un segundo es un tiempo. Un quinto también.

¿Por qué la trepada no admite error?

Un montañazo, y adiós intento. Si llegan a caer las vueltas del motor. Se traducen en segundos  que no se recuperan.

Quizá la mejor manera de concebir las exigencias de una trepada de montaña es el destacar que toda pérdida de tiempo es irrecuperable.

Hacia la cancha fuimos. Se adoptaron las elementales precauciones de seguridad, contando para ellos con la buena voluntad de los vecinos y transeúntes, la que agradecimos y agradecemos.

Cascos y cinturones, temperatura del agua, 80°. Presión de aceite 5 Kg.

¡Listo!

Vamos…

El click del cronómetro fue inaudible. El tacómetro marcaba 4.000 rpm. Cuando Guettas desembragó, hundiendo simultáneamente, el pie en el acelerador, el auto saltó hacia adelante. Los neumáticos se quejaron, pero no perdieron adherencia. El cuentavueltas trepo…6.000 rpm, cuando llegó a 6.800 rpm, descubrimos que la suavidad no es característica esencial de manejo de Guettas. Un manijazo colocó la segunda. El chirrido de los neumáticos esta vez, también, audible.

Las 6.500 rpm llegaron rápido. Casi tan rápido como un pequeño badencito que es la única irregularidad del terreno, que merece la pena ser mencionada, a lo largo de todo el ascenso. El cinturón de seguridad nos mantuvo sobre el asiento. El auto cayó derecho. Un par de segundos más y la tercera apareció colocada.

El serpentear del camino que lleva al pie del cerro fue trabando la creciente presunción del motor. Entre 5.800 y 6.200 rpm negociamos el acceso.

Muy próxima la primera curva ciega, centralizamos nuestra atención en el piloto. Sus manos, que estaban en las “10 y 10”, se desplazaron a las “9 menos 20”. El auto se acercó al naciente precipicio. La frenada fue vigorosa, sin titubeos. Sin retirar la punta del pie el freno, el taco elevó las rpm del motor mientras el pie izquierdo trabajaba el embrague. La mano castigó la palanca de cambios y la segunda velocidad colaboró en la desaceleración y en mantener armado el motor.

5.200 rpm y pisando… El golpe del volante fue certero. La trompa del auto apuntó hacia adentro… contravolante… acelerador a fondo y … ¡arriba en búsqueda de la próxima…! La táctica destacó una peculiaridad, en el centro de la curva, cuando puede presentarse la necesidad de corregir, las manos al volante volvían a ocupar las “10 y 10”. Los brazos no se traban.

La sucesión con su secuela de pequeñas rectas ya no dio respiro. A la derecha, a la izquierda. A la izquierda, a la derecha.

De pronto el primer retorno se hizo presente. Por si la memoria fuera infiel, la marcación es clarísima. Tercera a segunda. Casi abordada la curva, primera. Salimos pegados a la ladera. Vuelta a segunda. Mientras el motor trepa de régimen.

Llegamos a segundo balcón… no hay tiempo para poner tercera… el cuentavueltas comienza a marcar lo que no debería ser… 6.500, 6.800, 7 000 rpm… la súbita aparición del punto de referencia (marcación de zona de frenaje) impide que pongamos una biela en órbita.

Allí el camino es algo más ancho, Guettas insinúa un desplazamiento y el auto barre la curva. ¡Power slide en el San Javier!… El motor gime… ¡arriba fuerza!

Cambia el piso y, con él, la conducción de nuestro piloto pareciera hacerse más fina. Es buen ripio. El auto frena menos y se desliza más. 

Guettas dosifica mejor el acelerador. Las ruedas patinan fácil en el ripio y cada giro en falso es pérdida de tiempo.

La sucesión de vueltas y revueltas nos desubica.

Un pequeño respiro ondulante en tercera y la velocidad crece, nos acercamos muy rápido a lo que parece ser el tercer balcón… demasiado rápido… José se traga el punto de referencia… freno y rebaje no parecen ser suficientes… Ante la insinuación de una ida de trompa, sobre el giro del volante vuelve a aplicar los frenos… el auto quiere subirse a la montaña…. contravolante… potencia… cola en su sitio…¡arriba!

De pronto un túnel… si… es ‘El Rulo’. El motor deja ecos en las paredes de piedra. Piso mojado… de costilla… retorno… trepada ¡y arriba!… arriba está Andrés Reginato, que simbólicamente nos baja un pañuelo blanco mientras un segundo click del cronómetro clava la aguja.

Nos detenemos… han pasado 12,400 kilómetros bajo las ruedas del Fiat. Hemos trepado 1.250 metros. El cronómetro marca 12’4”1/5.

 

 

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