Monroe, apasionado con historia

César Monroe tuvo un importante paso, con algunos años intensos, dentro del automovilismo, tanto tucumano como nacional. En todos los casos, dejó su historia.

Hicimos contacto con César, que nos fue relatando con detalles su paso por el automovilismo deportivo.

“Allá por los años 1975 y 1976 nos íbamos con mi papá (Armando), que tenía un Fiat 125, a cualquier parte del país a ver los grandes premios de Turismo Nacional. Éramos fanáticos del equipo Fiat, de cuyos integrantes nos hicimos muy amigos. Nació una amistad con Ricardo Zunino, con quien sigo en contacto, (para su cumpleaños lo visito siempre en su posada en San Juan). Él fue quien me impulsó a correr. Me aconsejó mucho. No olvido nunca cuando me dijo ‘cuando al auto ya no lo podés dominar, es porque vas haciendo un buen tiempo'”.

“Mi debut fue en el año 78, en el Desafío de la Montaña, con un Fiat 128 IAVA 1300. A los motores me los hacía Eduardo Novak. Corrimos el tramo Alpachiri-El Alamito, ida y vuelta y terminé tercero. A esa carrera la ganó Vargas. Corrí hasta el año 85 siempre con IAVA 1300. En el 79 comencé a hacer experiencia en los zonales en todo el NOA, tanto en carreras de pista como de rally. En el 80 hice todo el campeonato nacional de pista, sólo no fui a las pruebas que quedaban muy lejos, por el tema de presupuesto y del tiempo. En Tucumán el autódromo ya estaba cerrado”.

“Corrí en varias pistas del país. También participé de las 24 horas de Tanti, una carrera tremenda en la que se manejaba mucho tiempo seguido en un circuito que se hacía por la mayoría  de los que ahora son tramos del Nacional y Mundial. También corrí en Potrero de los Funes, en San Luis. Por supuesto que no estaba como ahora. El Gran premio final se hizo en el autódromo de Buenos Aires, donde en la primera vuelta en el curvón de Ascari hicieron un trompo delante de mí un par de autos y no los pude esquivar. Fue un golpe muy fuerte, ahí terminó la carrera y también el ‘Coloradito’, como lo llamaba a ese 128 (que me lo compro ‘Tablita’ Ruiz)”.

Tranquilo, pero sin pausas, Monroe continuó dando detalles de su carrera deportiva.

“En el 81 tenía que conseguir auto. En esa época estaba Automotores Alvear, concesionaria Fiat, al cual que si llevabas la licencia de piloto, conseguías el 50% de descuento. Compré el casco, el motor. Comencé a armar el auto con el que corrí hasta el final. A ese lo motorizó Omar Sutera, de Rosario, que hacía aquellos famosos 128 del equipo 43/70 de Zampa y de Breard. Con ese auto corrí el Mundial de ese año, en el cual fui segundo en mi grupo. Esa carrera fue muy difícil, casi 5.000 kilómetros con etapas, algunas de más de 200 kilómetros de velocidad, con enlaces también muy largos. Siempre la etapa terminaba en el autódromo Nasif Estéfano”.

“En la etapa en la cual íbamos hasta Salta por Tafí del Valle, volvíamos por Guachipas hasta El Jardín (límite con Tucumán). Ahí cruzábamos como cinco veces el río, que llevaba mucha agua. El 128 llevaba el distribuidor adelante y muy abajo, por lo que siempre tenía problemas con el agua. Baldinelli, pilotazo que sabía mucho de ese auto, me dijo: ‘bañá el distribuidor con WD 40 (lubricante) y le ponés un guante de goma’. No se paró más”.

Después con ese Fiat plateado, continúe hasta el 85, corriendo por año en algunos rallies, en varias Vueltas del Noroeste. En el 84, en una de esas vueltas, gané la general de la etapa, que iba desde San Pablo hasta Raco. Terminé delante de los autos de la clase mayor. Fueron épocas muy lindas, en las que íbamos a las carreras con un grupo de amigos que me apoyaban. Era para divertirnos y pasarla bien, siempre el resultado fue anecdótico”.

Monroe, un apasionado que disfrutó mucho de lo que hizo dentro del automovilismo. Por supuesto, forma parte de la historia.

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